jueves, 28 de agosto de 2014

Ocaso de París o Mónica

"Louvre" por Davide Ferrari 
De cómo un amable caldo bordelés reconfortó el corazón y reanimó la esperanza.

Dos, tres, quizás cinco segundos de silencio más de lo habitual. Acerqué mi copa de vino y aspiré profundamente una vez más aquel aroma a cedro, chocolate, arándanos, grosellas, vainilla y ciruelas de ese Château Lafite Rostschild que siempre consideré muy caro para pedir en este café; pero ¡que diablos! hoy valía la pena. Hoy terminábamos, Mónica y yo…

El vino era aterciopelado como el recuerdo de su piel y su vista rubí profundo Guerlain como sus labios aquella noche en la Comédie Française, hacia apenas unos meses. La miré nuevamente. Lindísima, con su cabello castaño y ensortijado echado hacia atrás, sus manos largas alrededor de su copa y esos ojos verdes que siempre me llamaron la atención. Los había visto muchas veces antes de intentar cruzar palabra con ella; en la calle, en la universidad donde trabajaba, en mi sueño ligero. Pero esos ojos hoy miraban hacia otro lado, hacia la gente que se encaminaba a la pirámide de entrada al museo, y tenían ese enojoso halo rosa alrededor de sus irises; había estado llorando o intentaba no hacerlo, no lo sé.
Y nada malo pasaba, nada terrible. Solo sucedía que ya no dábamos para más.

- ¿Entonces es todo?- dijo con esa voz íntimamente conocida.
- Eso es todo- Contesté. Y sonreí con un nudo en la garganta. Me levanté de la mesa para recibir mi tarjeta que en ese momento traía de vuelta el camarero.
Murmuré un “Bon chance!” entre labios. Ella me miró directamente por última vez y contestó con un ligerísimo “Au revoir”. Me retiré con paso lento.
-¡Oye!- me llamó. Voltee.
-Gracias- dijo con una mirada que jamás saldría de mi memoria. Nunca comprendí si era un 'gracias' por lo que juntos pasamos, o por haberla dejado libre...
- No, gracias a ti.- Contesté.

Hice un ademán y salí del Café Marly, encaminando mis pasos hacia la ribera de Sena. La vida alrededor continuaba a paso normal. La vida continuaba, simplemente. Con las manos en los bolsillos aspiré el helado aire parisino. Y sonreí. El vino me había animado y me sentía bien. Recordé esas palabras de Aristóteles “Il vino conforta la speranza”… y pensé que iba a incluir este pequeño momento de tranquilidad en ese articulo sobre los beneficios del vino que había estado posponiendo desde hacía tanto tiempo…el amable vino y su amistad tranquila. ¡Muy bien! Dije para mí. Era quizás tiempo de hacer una visita a ese museo de la Orden de la Legión de Honor que está frente al Orsay, a unas cuantas cuadras de ahí… Sonreí nuevamente, y caminé con paso inspirado hacia la ribera izquierda del río.

Por F. Xavier
Agosto de 2014


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