lunes, 5 de noviembre de 2007

La Inenarrable Aceptación del Desastre


De la Imposibilidad de Describir una Tragedia por lo Inabarcable de su Inmediatez.

La idea de un desastre siempre se nos hace lejana. Comenzando con la palabra “desastre”, la cual de entrada pertenece, en nuestro imaginario, a las películas de Hollywood o a aquellas novelas de huracanes, erupciones volcánicas y espantosos terremotos de siempre. En otros casos, la insensibilización con para la desgracia ajena, a la cual nos encontramos comúnmente expuestos a través del diario y continuo bombardeo mediático (i.e. cien muertos en atentado suicida en India, treinta muertos en atentado en mercado de Irak, miles de desplazados en tal o cual guerra, y un larguísimo etcétera), sencillamente nos anestesia de la realidad del dolor humano.

Pero en el momento que las tragedias se ven de cerca, existe algo dentro de nuestra psique que nos impide aceptarlo del todo, que nos hacen no comprender enteramente lo que sucede… Cuando una buena noche escuchas sirenas por la calle, junto con altavoces policiales instándote a que salgas de tu casa para salvar tu vida, que solo tomes lo esencial y huyas a lugar seguro, otro tipo de mecanismo humano ancestral toma rienda de tus acciones: el del instinto de supervivencia. Todo pasa a segundo plano y tu interés primordial reside en el resguardo de la seguridad de tus hijos primero y después del tuyo. Pero más allá de este mecanismo ampliamente estudiado y comprensible, la sensación personal es primero la de un trance que nos hace movernos sin cansancio o desgaste aparentes; los sistemas de alerta interna permanecen crispados y poco hay que dejar hacer a lo que aparentemente y conscientemente cree uno correcto ante lo que el instinto nos grita muy claramente. Una vez a salvo, la tragedia se empieza a degustar como el trago más amargo que nunca pensaste probar.

Es entonces cuando comienza el lento proceso de asimilación; no solo la del trance que acaba de sucedernos (o que no acaba aún), sino la sensación de zozobra que nos acompaña a todas partes. Poco a poco comienza uno a comprender la magnitud, en su medida correspondiente, de lo que nos ha sucedido… y si hemos salido bien librados de ello. Comienza entonces el lento éxodo de nuestra mente hacia una nueva realidad, la de facto, la de ahora, diferente a la anterior en tal o cual medida, y la aceptación de que el orden de cosas ha cambiado definitivamente. Es la más rara de las sensaciones la de prever un futuro cancelado, el bloqueo mental inclusive del más común de nuestros sueños recurrentes; una tragedia natural ante la cual se encuentra uno simple y llanamente impotente te sienta de un golpe, te aterriza súbitamente; pasan a segundo, a quinto plano, las pequeñas cosas de las que estaba hecha tu vida, te das cuenta del delicado balance en la cual estaba sustentada tu realidad; así se cancelan perspectivas tan simples como la de salir con aquella chica que conociste y te gusta, comprar tal o cual café o celebrar tu cumpleaños; esas cosas ahora suena vanas y fútiles al máximo, ante la cimbra de tu sistema de valores, pensamientos, filosofía o estructura de conocimientos… cobran importancia tus creencias y las establecen, si carecías de ellas; al fin tal y como hombres primitivos tenemos que abrazar la idea de un orden superior al que pedimos protección.



En este momento, la región entera en la que habito se encuentra inundada en un 80%, con las catastróficas consecuencias que esto ocasiona. Los números son terribles: mi estado, de alrededor de dos millones y medio de habitantes, tiene un millón de damnificados, casi la mitad de su gente; habría que volver a repetir esto, un millón de damnificados… se requiere hoy de provisión de comida, agua potable y alimentación gratuita para ese número de personas, por no mencionar la perspectiva de que esto suceda en un plazo de pronostico reservado ya que cientos de miles de casas se encuentran bajo metros y metros de agua y esto parece que no cambiará en un tiempo más. Pero todo ha comenzado con el rescate de también miles y miles de personas atrapadas en sus propias casas, con todos los medios posibles: helicópteros, lanchas, jet-ski, lo que fuera necesario. La casa de ustedes y mi oficina se encuentran bajo dos metros y setenta centímetros de agua respectivamente. El agua bajará quizás en una semana más, sin embargo, lo que significa que casas, oficinas y trabajos se encuentren parados para la mitad de una población de dos millones de habitantes tiene el potencial de una bomba de tiempo social muy pronta a explotar.


El ejército mexicano ha demostrado una vez más su verdadera vocación como ejercito de paz; son hombres y mujeres que trabajan disciplinadamente veinticuatro horas al día sin desgaste aparente, su conducta es ejemplar e inspiradora. Igualmente la gente de Tabasco, que realmente ha demostrado hechuras y raigambres de roca.


No ha sido incapacidad ante la emergencia, es la magnitud de la desgracia lo que ha rebasado toda capacidad posible de ayudar a los afectados. Se ha hecho lo humanamente practicable y la ayuda a fluido sin cesar desde todo México y desde otros países: a la fecha solo se ha confirmado una solo muerte a causa del desastre natural; no sabemos sin embargo que horrendas sorpresas nos esperan al bajar las aguas, solo resta esperar... Con todo, la perspectiva futura preocupa mucho; se han previsto hoy condonaciones de impuestos, pagos de seguro social, de la energía eléctrica y otras que sin duda serán excepciones de pago que ayudaran a paliar la depresión económica que se avecina (la ciudad de Villahermosa es de economía eminentemente de servicios ya que aquí se encuentra el centro neurálgico de las actividades petroleras de la zona sur del país, que dicho sea de paso y con conocimiento de causa, no fue afectado por estos acontecimientos); por lo tanto, una ciudad de servicios sin la mitad de personas a quien servir se parece mucho a la depresión económica que siempre temiste que apareciera y siempre quisiste olvidar…


Personalmente para mí y mi familia las cosas no están tan mal; tenemos donde quedarnos con seguridad, comida y estamos bien; pero esto no es la realidad para, repito, cientos de miles de hombres, mujeres y niños de todas las edades que esta noche duermen en el salón de una escuela, en una bodega o en el estacionamiento de un centro comercial sin más posesión que lo que llevan puesto, a merced de lo que les es proporcionado por gracia de benefactores y gobierno y en ocasiones sin saber siquiera donde se encuentra la mitad de su familia. Nosotros intentamos hacer lo que podemos, pero es absolutamente necesaria más ayuda para paliar el momento de esta crisis inenarrable por su inmensidad.

Solo resta esperar a ver que pasa, un lugar común que tiene mucho de realidad y un dejo de apenas esperanza…


Paco Hernández-Castañeda
Noviembre de 2007

Para saber más:
http://www.eluniversal.com.mx/

Foto 1: Luis Cortés /EL UNIVERSAL
Foto 2: REUTERS
Foto 3: Luis Cortés /EL UNIVERSAL
Foto 4: Agencia AP
Foto 5: Agencia EFE

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