sábado, 13 de noviembre de 2010

El Obsequio o Yussy


Una diosa pelirroja me miraba directamente, y su mirada me traspasaba...

La calle arbolada estaba desierta. No era muy tarde, pero aquella noche de noviembre de hace diez años, un jueves, había pasado casi por completo como las aguas tranquilas de un rio perezoso… calmo y pleno.
Bajé del auto y lo rodee para abrir la puerta del lado del acompañante mientras aspiraba el aire fresco de la noche, feliz, y abrí aquella puerta con lentitud. Dentro, aquella belleza de cabellos rojos y ensortijados hacía algo, no sé qué, dentro de su bolso. La miré con calma. Había sido mi novia por años, aunque el último de ellos lo había pasado lejos de mí, en la Ciudad de México. Sin embargo aquel día había venido exclusivamente para celebrar mi cumpleaños y había traído consigo un pastel de El Globo, una botella de champagne, su risa fácil y sus exquisitos modales.
- ¿Qué me miras? – preguntó con una sonrisa, mirándome desde el asiento con esos ojos miel que aún recuerdo bien, brillando intensamente. Nuestra relación de novios siempre había sido muy respetuosa, hasta inocente, como las de historias pasadas, y cualquier fuego se apagaba de manera igualmente respetuosa.
- A ti– contesté, extendiéndole mi mano. La tomó y con un gracioso movimiento descendió del auto, tomando la botella que apenas bebíamos descuidadamente, y se abrazó a mí.
- Tengo frío – dijo con un mohín juguetón. Caminamos juntos lentamente y abrazados hacia la entrada de los departamentos que hasta hacía unos meses eran mi visita diaria, al irla a dejar después de cenar tras una jornada de trabajo más. Ahora el departamento del segundo piso estaba vacío. Solo algunos cojines de muebles y otras tantas cajas constituían su único mobiliario. No había servicio eléctrico. Ella abrió la puerta y me dejó pasar. Rocé sus pechos con mi brazo al hacerlo, y un impulso eléctrico, apenas imperceptible, pareció recorrer nuestros cuerpos al mismo tiempo. Caminé al interior oscuro con la botella balanceándose ahora en mis manos, recordando cómo se veía el lugar antes de su partida…
- ¡No tengo nada que ofrecerte! – exclamó señalando la cocina en penumbras. Con un ademán le mostré la botella sonriendo, era una Veuve Clicquot Ponsardin Brut de 1999, añada que años más tarde se convertiría en todo un Vintage, pero en aquel momento era solo una Brut Carte Jaune más. Miré hacia aquel lugar y recordé los postres que me hacía, su especialidad, y su forma de cocinar solo vestida con una ligerísima camiseta sin mangas y un pequeño short igualmente ligero. ¡Como me gustaba recorrer su cuerpo con mis manos sobre la suave tela!
Acercándose a mí me dio un beso húmedo, recorriendo mis labios con su lengua. –Ven, vamos a mi cuarto, estoy cansada del viaje – me dijo, tomando mi mano. Pero aquel beso cariñoso había encendido en mí algo profundo y primitivo, y la jalé hacia mí con fuerza, atrayéndola contra mi cuerpo con una mano en su espalda baja, escuchando en tanto un gemido al pegarse a mi tan de improviso. Con mi mano izquierda tomé su nuca y le di un largo beso, húmedo y profundo y suave. En cierto momento, no supe cuando, la cargué entre mis brazos mientras continuaba besándola lentamente. Siempre me había contado como le excitaba sentirse a mi merced, abandonándose entre mi pecho y mis brazos. A mi me excitaba saber que esa mujer tan fuerte y determinada se rendía de tal simbólica manera ante mí… La bajé.
Con una maliciosa sonrisa, una que no conocía, caminó entonces lentamente hacia la sala iluminada solo con las luces de los faroles de la calle, las sombras móviles de los arboles dándole a escena un halo irreal, como el estar en una película extraña… Sus pasos, con esas zapatillas altísimas, resonaban en el espacio vacío mientras caminaba alejándose de mí como un felino en acechanza. La mirada de sus caderas, adivinándose bajo su vestido azul obscuro y la cascada de sus cabellos rojos ondulantes me hízo sentir un ligero escalofrío en la oscuridad. Paró, y con lentitud giró en mi dirección. Sin quitar la vista de mis ojos asombrados, comenzó a abrir los botones de su vestido, los cuales lo recorrían hasta su borde, en sus muslos. Cada uno de ellos dejaba adivinar de a poco lo que sospechaba; debajo de aquella tela ligera, estaba desnuda por completo…
Sintiendo como cierto calor encendía mi rostro, miré como su piel de mármol emergía de aquella tela azul en un contraste perfecto. Sus pezones estaban muy erectos y su cuerpo se contoneaba siguiendo un ritmo invisible pero que adiviné de diosas. Al quedar todo aquel vestido abierto, se deshizo de él con un movimiento de los hombros y su cuerpo apareció ante mí en todo su esplendor. Entonces levantó sus brazos por encima de su cabeza y comenzó a girar las caderas en círculos, siguiendo aquella música sensual que solo ella y yo escuchábamos. Su cuerpo era perfecto. En lo alto de aquellas zapatillas también azules, una diosa pelirroja me miraba directamente, y su mirada me traspasaba.
Vi, regodeándome, sus ojos, sus labios, su cuello, sus pechos turgentes, coronados por aquellos rosados pezones que tanto saboree entre mis labios; su vientre planísimo y la unión entre sus caderas y su cintura, aquel lugar sagrado en el cual me encantaba soñar y morder y recorrer con mis dedos; su monte de venus, sus muslos perfectos… giró y pude ver también sus caderas hermosas, aquellas que despertaban suspiros tras minifaldas cortísimas de tela de tartán, y sus nalgas plenas e increíblemente formadas.
Tomó entonces la botella de mis manos trémulas y en un grácil movimiento la llevó por encima de sí y echando su cabeza hacia atrás con un gemido gutural, vertió el liquido espumante sobre sus labios semicerrados; pinot noir, pinot meunier y chardonnay entonces recorrieron su cuerpo como lenguas doradas y brillantes, pequeños ríos en valles en floración, rebosantes y exquisitos, el liquido de oro ligero bajando hasta cubrir sus muslos, haciéndolos arder relucientes en la penumbra.
Aquella visión formidable ahora caminaba hacia mí girando sus caderas y la volví a atraer con fuerza, y esta vez los besos fueron violentos y calientes. Mis manos recorrieron su cuerpo como bestias en fuego y mi lengua y mi boca buscaron el espumoso de sus pechos y mis dientes suavemente sus pezones con sabor a lujo, acopando en tanto sus nalgas con mis manos.
- Vamos al cuarto- me dijo en un susurro. - Pueden verme aquí. – La cargué nuevamente, y mientras la besaba, me dirigí a la habitación. Entramos al cuarto en penumbras y con cuidado la deposité sobre unos cojines que hacían las veces de cama, sobre el suelo. Mi alucinación personal entonces estiró y arqueó su largo cuerpo; ese cuerpo que hervía de deseo como nunca antes lo había hecho, suplicando ser penetrado por primera vez... - Haz de mi lo que quieras-, me dijo. - Soy tuya...-
Por Paco Hernández-Castañeda
Mayo de 2010
©

Foto del autor.




1 comentario:

tessuy dijo...

Me encanta como escribes y recordar el pasado. Tqm Besos ;)